La destrucción de la razón

López Obrador sustituye el conocimiento y los datos duros, como elementos generadores de convicción entre electores y ciudadanos racionales, con mensajes demagógicos que apelan a las emociones y que, en la gran mayoría de los casos, no resisten ninguna forma objetiva o propiamente científica de análisis

Por Federico Seyde (*)

Imagen ilustrativa: Gobierno de México

El tránsito a la democracia en México ha sido un camino lleno de espinas y abrojos que a la fecha ha dejado más pasivos que activos. Nuestro país es hoy en día mucho más desigual, injusto y violento de lo que era cuando Vicente Fox ganó la Presidencia de la República en el año 2000.

A veces me pregunto si intelectuales, hoy tristemente ausentes, de la talla de Daniel Cosío Villegas y Octavio Paz, que con tanta energía promovieron en el ámbito de las ideas el tránsito del régimen autoritario basado en la hegemonía del PRI al actual sistema de competencia política entre partidos, no estarían desilusionados si pudieran ver lo que ocurre en el México actual. Yo sinceramente creo que estos lúcidos pensadores estarían profundamente decepcionados y, muy probablemente, estarían de acuerdo con quienes consideramos que lo que actualmente está ocurriendo en México, a partir de la evidencia empírica disponible y más allá de la narrativa oficial, no es un proceso de consolidación democrática sino un proceso de restauración populista.

Un claro ejemplo de que estamos lejos de estar edificando una cultura política plenamente democrática surge de la patética exhibición mediática de videos, supuestamente incriminatorios, llevada a cabo recientemente por el gobierno y sus “adversarios”. Este grosero espectáculo protagonizado, como ocurre en todo circo de carpa que se respete, por payasos y merolicos ubicados en diferentes pistas, refleja con toda claridad el hecho de que, más que la aplicación efectiva de la ley y la terminación definitiva del régimen de corrupción e impunidad que nos ahoga, lo que verdaderamente se pretende con la divulgación y proyección de estos videos es convertirlos en armas electorales dirigidas a promover el descrédito de diferentes partidos y actores políticos. Este juego de denuncias e imprecaciones, animado por objetivos mezquinos, revela con claridad que la idea de “competencia democrática” que existe en la cultura política de los diferentes partidos y grupos que hoy en día ejercen y buscan ejercer el poder en México se aparta mucho de los valores éticos y de los principios universales que deberían configurarla.

La evidencia actualmente disponible revela que el movimiento de transformación encabezado por Andrés Manuel López Obrador dista mucho de ser el proceso de profundización y consolidación democrática y republicana que seguramente esperaban ver muchos mexicanos que votaron por él. El líder de MORENA se jacta recurrentemente de ser un ferviente admirador de Juárez y Madero pero su estilo personal de gobernar contradice muchos de los principios que guiaron el pensamiento y la acción de estos grandes políticos mexicanos. Resulta claramente contradictorio el que, por un lado, continuamente presente a Carlos Salinas de Gortari como el padre político e ideológico del neoliberalismo mexicano, una estrategia de desarrollo que en el marco de su narrativa es responsable del empobrecimiento y despojo de la gran mayoría de los mexicanos y que, por otra parte, el operador del fraude electoral que le llevó al poder ocupe en la actualidad un cargo de enorme relevancia estratégica en su gobierno.

La forma en que ha venido actuando el gobierno federal durante los últimos veinte meses ofrece clara evidencia de que el objetivo, al menos inmediato, de la denominada “cuarta transformación” no es consolidar la democracia en México. Se trata más bien de un proyecto estratégicamente dirigido a recrear el régimen populista, corporativo y clientelista que estructuró Lázaro Cárdenas en la segunda mitad de la década de los treintas. Una clara manifestación de lo anterior radica en el hecho de que, en el marco de la narrativa política de López Obrador, las opciones políticas de centro-derecha, o “conservadoras” como él les llama, son esencialmente inmorales y por lo tanto deben ser radicalmente desterradas del futuro político de México. En otras palabras, en el marco de su imaginario político, México será democrático en la medida en que sea un país dirigido por fuerzas progresistas de izquierda.

Una narrativa semejante dista mucho de ser de carácter democrático ya que traiciona un principio fundamental de la democracia que es la tolerancia con relación a proyectos de organización estatal y gubernamental sustentados en diferentes ideologías y visiones de futuro. En el marco de una auténtica democracia todas las ideologías, salvo aquellas que expresamente se proponen la abolición de la propia democracia, no solamente caben sino que deben caber ya que su presencia constituye un factor determinante para construir y preservar la legitimidad de una forma de organización política que tiene en el pluralismo político e ideológico uno de sus pilares fundamentales. Como bien expresó el sociólogo británico David Held, profesor de la London School of Economics, la construcción de la democracia es el proyecto más importante del mundo moderno ya que la construcción de sistemas socialmente justos es un proceso que depende estructuralmente de su existencia. En este sentido, un sistema ideológicamente “cerrado”, es decir, un sistema político-ideológico que rechaza ab initio la posibilidad de que partidos políticos provistos de diferentes visiones de Estado puedan alternarse en la conducción del aparato gubernamental no puede ser considerado como verdaderamente democrático ni como conducente a una sociedad más libre e igualitaria.

Para poder ser calificado de auténticamente demócrata, un político de izquierda no debe descalificar a sus adversarios de derecha con diatribas centradas en una supuesta superioridad moral de la izquierda o relacionándolos con personajes pertenecientes a un pasado histórico cabalmente superado. Este tipo de descalificaciones solamente son congruentes en el marco de un discurso de confrontación política de carácter populista. En una democracia avanzada la confrontación política tiene lugar comparando las virtudes y defectos de diferentes estrategias de desarrollo y modelos de gobernanza a partir de interpretaciones teóricas, argumentaciones académicas y datos sólidamente sustentados en evidencia empírica. En gran medida las democracias avanzadas implican la existencia de una “sana competencia electoral” y de una sana “alternancia en la conducción del gobierno” entre políticos liberales provistos de conciencia social y políticos socialistas provistos de convicción democrática.

López Obrador sustituye el conocimiento y los datos duros, como elementos generadores de convicción entre electores y ciudadanos racionales, con mensajes demagógicos que apelan a las emociones y que, en la gran mayoría de los casos, no resisten ninguna forma objetiva o propiamente científica de análisis. Comparar a los conservadores decimonónicos que apoyaron el establecimiento del Segundo Imperio Mexicano con los actuales electores panistas de centro-derecha (la extrema derecha de perfiles ideológicos fascistas —cómo sería el caso de Vox en España— afortunadamente no existe en México) no resiste el más mínimo análisis académico.

López Obrador, más que un verdadero estadista, es un político populista en permanente campaña que sistemáticamente subordina la realidad a los requerimientos estratégicos de su discurso. Un claro ejemplo de esto lo encontramos en las recientes imprecisiones en las que incurrió cuándo utilizó, en una de sus conferencias mañaneras, el caso de la “Administración Portuaria Integral” (API) de Veracruz, una empresa paraestatal organizada jurídicamente como sociedad anónima de capital variable, para denunciar una estrategia de privatización, supuestamente basada en la suscripción de contratos “leoninos” claramente contrarios al interés de la nación, seguida por varios gobiernos “neoliberales”.

Desde cualquier punto de vista lógico, y ciertamente desde un punto de vista jurídico, no se puede hablar de privatización cuando el activo en cuestión se encuentra bajo el dominio patrimonial del gobierno federal, aun cuando este dominio patrimonial se encuentre sujeto a un régimen jurídico de carácter privado como resultado de la creación de una empresa paraestatal que ha adoptado, para fines tácticos, la forma de una sociedad anónima de capital variable. Las APIS tienen la forma jurídica de sociedades anónimas para facilitar su operación en el ámbito de un mercado internacional cada vez más complejo y competitivo y no como resultado de un afán privatizador. Una acción semejante sería, además de irrelevante en términos tácticooperativos, absolutamente lesiva de la soberanía del Estado y por ende inconstitucional.

Lo peor del caso es que después de semejante pifia, el Presidente no ha sido capaz de reconocer su error sino que, por el contrario, ha venido reforzando sistemáticamente el mensaje de que, con independencia de las formas jurídicas utilizadas, la intención privatizadora ha estado siempre presente en el caso de la API en cuestión. Incluso, y de manera absurdamente demagógica, habló de la enorme importancia histórica del heroico puerto de Veracruz, como si la ciudad entera hubiese sido privatizada. Este es sólo un ejemplo del tipo de mensajes imprecisos e irresponsables que continuamente lanza en sus conferencias mañaneras pero que, no obstante su puerilidad y falsedad, cumplen con la función estratégica de mantener vigente una narrativa en donde privatizar es sinónimo de despojar a la nación de su patrimonio.

Se trata de mensajes que no van dirigidos a los pocos periodistas que escuchan sus conferencias de manera presencial sino a los millones de mexicanos que las ven y escuchan a través de los medios masivos de comunicación. Para los líderes populistas la veracidad empírica y la consistencia lógica y teórica de los mensajes es irrelevante. Lo importante del mensaje es penetrar en el espacio emocional de las personas a fin de provocar reacciones irracionales de apoyo incondicional. Joseph Goebbels sabía mucho al respecto y convirtió la creación de mitos (la pureza y nobleza supremas de la raza aria y el liderazgo providencial de su Führer) y de fetiches generadores de todas las desgracias y tragedias del pueblo alemán (liberales masones, marxistas bolcheviques y comerciantes y banqueros judíos) en poderosos instrumentos ideológico-discursivos de movilización y control político.

El populista demagógico apela a las masas al igual que el demócrata, en esto no son diferentes. La diferencia radica en que mientras el primero lo hace a través de argumentaciones racionales sustentadas en ideas económicas y políticas sobre la organización, regulación y funcionamiento de mercados, instituciones de gobierno y políticas públicas y, en este sentido, apela a la inteligencia de sus interlocutores; el segundo lo hace a través de narrativas centradas en la construcción y proyección de mitos, símbolos e imágenes dramáticas que más que apelar a la razón de los ciudadanos, apelan a su estructura emocional más profunda. Se trata de narrativas que a partir de abstracciones como “el pueblo sabio” o “el líder impoluto” (el ave de blanco plumaje que sobrevuela los pantanos más fangosos sin mancharse) y del planteamiento de actos heroicos (desterrar la corrupción y salvar a los pobres) y de escenarios utópicos frecuentemente ligados a visiones míticas de la historia (la construcción de una democracia plenamente justa e igualitaria que haga realidad los sueños traicionados de los padres de la patria), buscan articular apoyos incondicionales entre sectores sociales secularmente oprimidos y comprensiblemente cargados de rencor y deseos de revancha. Es absolutamente cierto que nuestro país ha acumulado una deuda histórica inmensa con trabajadores, campesinos y sectores populares urbanos. Sin embargo también es cierto que el camino para superar nuestros problemas estructurales y rezagos ancestrales no pasa por la polarización ideológica, la confrontación entre clases sociales y la destrucción de instituciones.

Después de atestiguar la transformación de la Unión Soviética en una dictadura totalitaria, Herbert Marcuse, ese gran crítico de la sociedad moderna, concluyó que ni el capitalismo salvaje de mercado ni de la instauración de la “dictadura del proletariado” son caminos conducentes a la liberación de los seres humanos. Para el teórico de la Escuela de Frankfurt cuya vida académica concluyó en los Estados Unidos, la liberación de los seres humanos implica la superación definitiva de todos los sistemas sociales antidemocráticos, tanto de izquierda como de derecha, basados en la alienación, la explotación y la opresión. En plena concordancia con Hegel, Marcuse argumentó que esta liberación solamente será posible como resultado de la plena reconciliación entre el sujeto y el objeto de la historia, es decir, como resultado de la plena reconciliación entre los actores sociales y las estructuras económicas y políticas al interior de las cuales éstos existen y se desarrollan como personas. Esta reconciliación solamente puede darse a través de la proyección fenomenológica de la razón en ideas e instituciones democráticas en términos políticos e incluyentes en términos sociales y económicos.

Para conquistar su libertad los pueblos deben seguir el camino de la razón y esto implica reconocer y rechazar abiertamente el camino alternativo de la irracionalidad. Las narrativas políticas irracionales deben por lo tanto ser detectadas, denunciadas y desmontadas antes de que se fortalezcan y penetren la conciencia y, sobre todo, el inconsciente colectivo de las grandes masas. Esta debe ser una tarea fundamental de toda intelectualidad verdaderamente comprometida con la construcción, fortalecimiento y desarrollo histórico de la democracia. Es imprescindible contribuir de manera enérgica a que el pueblo de México cobre conciencia de que los populismos demagógicos y los sistemas totalitarios y autoritarios de gobierno a queéstos se encuentran indisolublemente ligados, tanto en el ámbito ideológico de la izquierda como en el ámbito ideológico de la derecha, son y han sido siempre, como reconoció Georg Lukács, fuerzas destructoras de la razón y de sus posibilidades históricas. El progreso que prometen, los sueños de reivindicación social que plantean, se transforman más temprano que tarde en terribles pesadillas de las cuales resulta sumamente difícil y penoso despertar.

Dr. Federico Seyde (*)

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma Metropolitana y Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Essex (Reino Unido). Ha desempeñado diversos cargos en el gobierno federal de México y actualmente es profesor en el Instituto Nacional de Administración Pública y en la Universidad Internacional de la Rioja (España).

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