El México de hoy: entre el avance democrático y la restauración populista

Nuestro país aún está lejos de ser un verdadero Estado social y democrático de derecho y prueba de ello es la insultante desigualdad social y la rampante corrupción que afecta a todos los órdenes de gobierno

Por Federico Seyde Meléndez (*)

Foto ilustrativa: Gobierno de México

El Estado social y democrático de derecho tal y como está definido y descrito en las más modernas constituciones europeas, como es el caso de la Constitución Alemana de 1949 y la Constitución Española de 1978, no tiene absolutamente nada que ver con el populismo de izquierdas que tan bien conocemos y recurrentemente padecemos en América Latina. Los regímenes populistas son, en medida importante, regímenes anticonstitucionales y antisociales en el sentido de que su fuente principal de legitimidad no deriva de su apego a la legalidad y de su capacidad técnica para resolver problemas y superar profundos rezagos sociales garantizando un desarrollo firme, sostenido e igualitario en un horizonte histórico de largo plazo, sino de su supuesta conexión directa con algo tan intangible y esencialmente abstracto como la “voluntad popular”, una especie de entelequia supuestamente provista de vida propia en nombre de la cual se han cometido las mayores atrocidades de la historia comenzando con el “régimen del terror” encabezado por Maximiliano Robespierre y su infame “Comité de Salvación Pública” en el seno de la Francia revolucionaria.

Nuestro país aún está lejos de ser un verdadero Estado social y democrático de derecho y prueba de ello es la insultante desigualdad social y la rampante corrupción que afecta a todos los órdenes de gobierno y que fue particularmente evidente en el marco de la anterior administración presidencial. El crimen organizado que campea a sus anchas por diversas regiones del país constituye hoy en día la más ominosa y brutal manifestación de una corrupción burocrática y de un actitud popular de desprecio a la legalidad que se han extendido como un auténtico cáncer a todo lo largo de nuestro tejido social. Es por lo tanto obvio que México tiene que cambiar de rumbo, pero es fundamental que lo haga por el camino correcto que no es otro que el camino, ciertamente largo y sinuoso, pero igualmente ineludible, de la formación integral (cognitiva, ética, cívica y ecológica) del pueblo y del fortalecimiento gradual de estructuras, leyes e instituciones. Ninguna potencia mundial se ha construido siguiendo un camino diferente. En el desarrollo nacional, como en el desarrollo personal, no hay atajos.

Una de las características del populismo en América Latina ha sido su tendencia histórica a subordinar la democracia y la legalidad a la denominada justicia social. Ni el Estado de derecho ni la democracia representativa resultan importantes frente al imperativo de ayudar a los pobres. Durante décadas el Estado mexicano surgido de la revolución de 1910 sustentó su legitimidad política en la distribución clientelista de recursos entre sectores populares organizados corporativamente al interior del partido oficial. Obreros, campesinos y sectores populares agrupados en ligas agrarias, sindicatos obreros y asociaciones civiles se convirtieron en los soportes políticos y electorales del PRI. La competencia entre partidos políticos solamente existía como discurso de legitimidad y la legalidad se aplicaba de manera selectiva como en los mejores tiempos del absolutismo monárquico.

El poder político del partido y de su líder sexenal se encontraba por encima de los votos y las leyes. Los consensos políticos fundamentales y las alianzas más importantes en términos estratégicos tenían su centro de gravedad en la Presidencia de la República. El titular del poder ejecutivo controlaba la política a nivel institucional y a nivel territorial operando de facto como un dictador. La poderosa Secretaría de Gobernación era mucho más que un simple Ministerio del Interior. La SEGOB era la institución encargada de darle concreción a la voluntad presidencial dirigiendo la política nacional tanto a nivel interinstitucional como a nivel intergubernamental. Del Palacio de Cobián surgían las directrices políticas que debían aplicarse tanto en los otros dos poderes federales como en estados y municipios. Ningún actor político relevante escapaba al control presidencial y a la voluntad del hombre que ocupaba el Trono del Águila y despachaba en “Los Pinos”. Este sistema autoritario, corporativo y clientelista se mantuvo vigente durante muchas décadas y no fue sino hasta el año 2000 que el sistema electoral resultó capaz de investir como Presidente de la República a un hombre ajeno al PRI y a sus bases corporativo-clientelistas de sustentación política.

La transición a la democracia en México paradójicamente no emanó de la voluntad de un político sino de un tecnócrata. A diferencia de Ernesto Zedillo, Carlos Salinas de Gortari y Luis Donaldo Colosio creían en la transformación estructural del PRI y concebían el futuro de México más en términos de la constitución de un nuevo partido hegemónico de Estado que en términos de una auténtica apertura del sistema mexicano a la competencia electoral entre partidos políticos. Podríamos decir que con la muerte de Colosio se cerró definitivamente la posibilidad de transformar estructuralmente al PRI y el fracaso político del gobierno de Enrique Peña Nieto constituye una clara prueba de ello. La incapacidad del anterior presidente de reformar la organización política que le llevó al poder condujo a la debacle priísta que hoy en día tiene en el poder a MORENA y a su perseverante fundador y líder, Andrés Manuel López Obrador. De hecho es altamente improbable que, en el marco estructural y funcional del PRI previo al periodo de alternancia democrática iniciado en el año 2000 con el triunfo del PAN, un hombre con las evidentes limitaciones intelectuales y de carácter propias de Enrique Peña Nieto hubiese podido ser candidato a la Presidencia de la República Mexicana.

La nueva realidad política de México puede ser interpretada como una recreación del proceso que permitió consolidar el poder histórico del PRI. A veinte meses de iniciado el gobierno de López Obrador es cada vez más claro que la construcción de clientelas políticas entre sectores populares y la gradual transformación de MORENA en un aparato efectivo de control y manipulación son mucho más importantes en términos estratégicos que el fortalecimiento del Estado de derecho y la democracia en nuestro país. La estrategia es cada vez más clara. El proyecto de López Obrador es transexenal como lo fueron en su momento histórico los proyecto políticos de Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas. Aquí la gran pregunta es la siguiente: ¿estará dispuesta la sociedad civil de la tercera década del siglo XXI a soportar una recreación del sistema populista, corporativo, clientelista y esencialmente autoritario que dominó la política nacional hasta la conclusión histórica del siglo XX?

El voto antisistema fue determinante en el triunfo de López Obrador y su partido. Es altamente probable que sea precisamente el reconocimiento de esta realidad lo que ha llevado a la actual administración presidencial a centrar su atención en una profunda reestructuración de la acción estratégica del poder ejecutivo del gobierno y de las diferentes políticas públicas que le dan forma, en beneficio de aquellos sectores populares y regiones del país que hoy en día son considerados como bases sociales de apoyo, no solamente de un nuevo partido, sino de un nuevo régimen político populista que bien podría ser interpretado como una suerte de restauración histórica del modelo que, sustentado ideológicamente en el discurso del “nacionalismo revolucionario”, estructuró Lázaro Cárdenas a finales de la década de los treinta del siglo pasado. La masiva canalización de recursos fiscales hacia sectores populares que fueron irresponsablemente desatendidos por las administraciones pasadas (jóvenes y adultos mayores), y la defensa “contra viento y marea” de grandes obras de infraestructura energética y de comunicaciones ubicadas en el sureste del país, pueden interpretarse como evidencia de una estrategia de largo plazo encaminada a transformar las estructuras políticas y económicas del país en beneficio de un nuevo “bloque de poder”.

Resulta cada vez más evidente que, al menos en este momento histórico, la prioridad del actual gobierno no es ni el crecimiento económico ni la restauración de una legalidad devastada por el crimen organizado sino la construcción de un nuevo sistema corporativo y clientelista que sirva de fundamento estructural para un grupo político decidido a conservar el poder por muchas décadas. Las reiteradas expresiones de desconfianza ante el Instituto Nacional Electoral y otros organismos provistos de autonomía constitucional que restringen el margen de acción y la capacidad de transformación estructural de la Presidencia de la República son claras manifestaciones discursivas de esta estrategia política fundamental. Todo parece indicar que estamos entrando a una nueva etapa en la reciente historia política de México, una etapa que bien podría implicar el fin de la alternancia partidista en la conducción del Gobierno Federal que inició en el año 2000.

Más allá de su reiterada admiración por Benito Juárez y Francisco I. Madero, dos liberales demócratas, todo parece indicar que el político mexicano que realmente inspira al actual presidente es Lázaro Cárdenas. El michoacano fue sin lugar a dudas unos de los artífices importantes del Estado surgido de la Revolución Mexicana y los arreglos institucionales surgidos de su gobierno fueron determinantes para el desarrollo posterior del país y para su estabilidad social y política. Sin embargo, y sin menoscabo de su inmensa proyección histórica, Lázaro Cárdenas no podría ser certeramente calificado como un demócrata sino más bien como un político intuitivo y realista que entendió cabalmente lo que México necesitaba en la particular coyuntura histórica dentro de la cual le correspondió ejercer el cargo de presidente. Cárdenas fue un producto fiel de su tiempo, un sujeto histórico que supo reconocer las posibilidades y limitaciones derivadas de la particular configuración estructural, económica y política, del México que le tocó gobernar. Pero el México de la segunda mitad de la década de los treintas del siglo pasado y el México contemporáneo son radicalmente distintos. Apostarle nuevamente a un autoritarismo populista sustentado y legitimado por estructuras corporativas y prácticas clientelistas en lugar de profundizar en la transformación democrática y en el desarrollo republicano del país podría representar un grave error de cálculo estratégico, un error capaz de provocar que la “cuarta transformación”, más que representar un progreso real para la nación, se convierta en una lamentable regresión histórica.

(*) Federico Seyde Meléndez

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma Metropolitana y Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Essex (Reino Unido). Ha desempeñado diversos cargos en el gobierno federal de México y actualmente es profesor en el Instituto Nacional de Administración Pública y en la Universidad Internacional de la Rioja (España).

Un comentario sobre “El México de hoy: entre el avance democrático y la restauración populista

  1. Estimado Federico leí cuidadosamente tu opinión que me parece interesante pero de la cual discrepo en algunos aspectos de fondo que aparecen de manera superficial, para llegar al poder el actual presidente, creo que precisamente la acumulación de errores partió el vaso que contenía el control social, no es la gota que derramó el contenido desbordado desde hace mucho tiempo, te refieres si los demócratas liberales son quienes deben enarbolar a la democracia cuando ya todo estaba batido en una mezcla de corrupción asquerosa e inimaginable que parecía desde otros parámetros del globo terraqueo como normales, llegué a la parte del Gral Cardenas y si efectivamente otro tiempo otra historia ya calificada a estás alturas pero si te das cuenta llegó a este punto este país por qué tronaba en un movimiento social o la delincuencia tomaría el poder de manera disfrazada, cosa que no analizan los politólogos y que parece esto fuera de lógica también. Regresando a Cardenas te diré que es caso juzgado en cambio Amlo está por verse creo que no hay que delantar vísperas Dr.

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